lunes, 16 de mayo de 2011

Endings

Hace unos años, viví una de las experiencias más dolorosas de mi vida. Mi primera ruptura.
Como todas las cosas, antes de un final va una historia; antes de la historia, está el comienzo. Pero hoy no me interesa hablar del comienzo, tal vez otro día. Ahora me apetece desgranar poco a poco lo que fue el principio del fin.
Cuando las cosas acaban, no suelen ser de repente, hay una preparación, para situarte, para avisarte, de que puedes ir preparando las maletas a las puertas de tu corazón. Algunas veces son falsas alarmas, conflictos que se solucionan sin más daños colaterales que pequeñas grietas, debilitando o enriqueciendo la relación. 
La inocencia se paga, y yo me entregué. Di todo lo que tenia a una persona sin reparo, se me fue la cabeza sin remedio, y me destrozaron el corazón sin piedad. Son los riesgos que corres al enamorarte. A veces valen la pena, otras veces la pena es haberlo dado todo. 

Y fue así como me dejó. Después de tantos momentos vividos juntos, por separado, deseando compartirlos con él, risas que ya no se volverían a escuchar, emociones, cosas maravillosas que yo probaba junto a él por primera vez... todas esas cosas se guardaban en un cajón, para no volver a abrirlo. Para no sufrir más... porque como en algunas relaciones, sufrí lo indecible. Celos, peleas, malentendidos, falta de comunicación, poca experiencia mutua, ganas de vivir sin ataduras... ataduras que a veces una pareja conlleva. Y desilusiones, ganas de nada, llantos. Dependencia casi total de una persona por otra. Lágrimas derramadas que no sirvieron para nada. Porque me dejó. Y lloré más, hasta decir basta. Todos lloramos, nos guste o no. Y si lo hacemos, es porque hay sentimiento, porque somos humanos y porque nos duele. 

Él lo fue preparando y un día me levanté siendo una persona. Pero me acosté siendo otra. Te vacías por dentro, solo sientes una pequeña agonía, en el estómago, que te recuerda con latigazos lo que has perdido cuando no lo recuerdas. La vida que conocías ya no tiene sentido, tus actos cambian, la gente lo nota y se preocupa. Pero tú solo lo quieres de vuelta, que te lo dejen donde lo necesitas, a tu lado en la cama. Entre tus brazos cuando todo se rompe. Entre tus labios cuando la risa deja paso al placer. Pero nadie te lo va a traer, y eso lo sabes, notas otro latigazo, recuerdas lo sucedido. Te arrepientes y deseas no haber empezado nunca esa historia. En el pecho tienes un peso muy grande, aunque eres consciente de que te falta la pieza más importante de tu anatomía. Se han quedado un trozo de ti para siempre. Crees que no lo necesitas, sencillamente prefieres que regrese el ladrón de ese pedacito de ti. 

Con esto no pretendo animar a nadie, todos sabemos que todo pasa y estas cosas se superan, pero duelen. Solo manifiesto que duelen. 

De todas estas cosas que me han sucedido, he sacado varias conclusiones, que espero que todos comprendan como humildes reflexiones ante la experiencia de mis pocos años de vida: Las personas que no son echadas, vuelven. Nunca aparté a esa persona de mi vida, por tanto volvió reclamando lo que un día fue suyo. Lo ya vivido, déjalo como está, no lo vivas de nuevo. Cuando las cosas se desgastan, es muy difícil que puedas empezarlas de nuevo, desde cero. Yo no pude. Y la más importante. Si las cosas pasan, es por algo. El día que me dejaron, empecé a vivir de nuevo.