Si quieres, bailamos. Te dejo mirarme, aprender de mi, para que entiendas mis pasos.
Llevaremos el ritmo que quieras, al principio suave y lento; después, te sentirás seguro, y querrás que piense que estás listo para acelerar. Me gustaría comprobar que estás cómodo, agarrado a mis manos, y a continuación, necesites estar entre mis brazos. Me apoyaré en ti las veces que haga falta, como tú en mi. Ambos somos frágiles, hemos sufrido mucho hasta llegar a este baile. Pero no importa, aquí estamos, sin arrepentirnos de nada, habiendo lamentado muchas cosas.
No es la primera vez que bailas, pero sí la primera conmigo, por eso nos costará adaptarnos el uno al otro. Enseguida parecerá como si llevásemos toda la vida bailando juntos. Porque conoceré tus manías, tus miedos, lo que te causa rabia, dolor. Sabrás de mis historias, de mis miedos, de mi dolor. Compartiremos pasos juntos, pasos para olvidar, y para no hacerlo nunca. Te gustará esto, te lo aseguro. Solo falta que confíes en mi. Que en cada vuelta que me des, no tema y sepa que tus brazos estarán ahí para recogerme.
Nos dejaremos llevar por el sonido de la noche, me abandonaré a ti, sin preguntas ni palabras. No nos harán falta. Mientras me mires, será suficiente. Mientras no me dejes caer, será lo que necesite.
Nuestros cuerpos danzarán hasta el alba, y seguirán pegados, como si tu poseyeses el polo negativo que mi alma positiva necesita, y cada vez que me alejase de ti, me atraigas otra vez, y prosigamos.
Porque sé que cuando nuestros alientos se junten, no habrá marcha atrás, y seguiremos bailando hasta que nuestros pasos dejen de oirse. O hasta que te canses de bailar.
Ahora, si quieres, cambia "bailar" por "amar".
domingo, 12 de junio de 2011
miércoles, 8 de junio de 2011
Ríe
Te voy a contar una cosa. Un secretito sin importancia, pero te gustará.
¿Alguna vez has estado a punto de llorar y te han sonreido y ya no has llorado? Intentalo. Es maravillosa la sensación de tener un mar de lágrimas a punto de desbordarse, que te invada una angustia horrible dentro, y que una pequeña sonrisa te frene las ganas de llorar. Incluso te rias. Es como si te dieras cuenta de que, aunque las cosas se hayan torcido y sientas rabia y pena, recuerdas como reir. Es mas, sabes que por muchas cosas que te pasen, por muy mal que estés, vas a acordarte de como se tensan los músculos de tu cara, de como mostrar los dientes, labios curvados, y tener la certeza de que todo irá mejor. Y que te dediquen una sonrisa cuando más lo necesitas, es perfecto. Es simple, pero todos deberíamos ir repartiendo sonrisas allá donde vayamos. Regalarlas no cuesta nada, no se agotan, no cansan, ni contaminan.
Cuando ves a la persona amada y sientes que no eres correspondido, pero en esa cara empiezas a distinguir como una pequeña sonrisa se dirige hacia ti, prueba a llorar en ese momento. Porque lo harás de alegría.
O cuando andas solo y perdido, y el mundo te parece más grande y raro, una sonrisa en ese momento, que te proporciona ayuda, hace que todo sea humano, más fácil, menos triste.
Porque el poder de la sonrisa es enorme, porque nunca sabes quien puede necesitar de tu sonrisa, para hacerla suya, utilizarla cuando más la necesite. Porque son los pequeños detalles los que te inspiran felicidad.
Un día dediqué la mañana a realizar trámites y papeleos en los típicos lugares tristes y frios en forma de oficinas, en los que crees que nadie tiene sentimientos, simplemente son robots que se dedican a su trabajo y lo que tu puedas necesitar, les importa bien poco. Pues bien, ese día uno de esos robots que trabajaban en esa oficina tenía un día negro, de esos que preferimos olvidar. Sus motivos los desconozco. Solo sé que mientras realizaba su trabajo, delante de mi, se le derramaban lagrimones como piedras, que caian lentamente mientras él se sumía en un profundo silencio. No sabía como reaccionar, pregunté si estaba bien, y la respuesta que obtuve fue un movimiento de cabeza poco claro, aun no sé si era un asentimiento o no.
Ante tal respuesta, solo me quedaba una cosa por hacer. Sonreir. Cada vez que el hombre se dirigía a mi, para pedirme tal o cual papel, se lo entregaba con una sonrisa. Primero fueron tímidas, yo cohibida porque no sabría cual sería su reacción, y después mas amplias, según se iba normalizando la situación.
El hombre dejó de llorar, incluso bromeó. Y sonrió ante su propia broma, y ante mi risa.
Al marcharme me dio las gracias, con una sonrisa. Una gran sonrisa. Y desde ese día he sabido que en ocasiones, una sonrisa vale mas que mil palabras.
¿Alguna vez has estado a punto de llorar y te han sonreido y ya no has llorado? Intentalo. Es maravillosa la sensación de tener un mar de lágrimas a punto de desbordarse, que te invada una angustia horrible dentro, y que una pequeña sonrisa te frene las ganas de llorar. Incluso te rias. Es como si te dieras cuenta de que, aunque las cosas se hayan torcido y sientas rabia y pena, recuerdas como reir. Es mas, sabes que por muchas cosas que te pasen, por muy mal que estés, vas a acordarte de como se tensan los músculos de tu cara, de como mostrar los dientes, labios curvados, y tener la certeza de que todo irá mejor. Y que te dediquen una sonrisa cuando más lo necesitas, es perfecto. Es simple, pero todos deberíamos ir repartiendo sonrisas allá donde vayamos. Regalarlas no cuesta nada, no se agotan, no cansan, ni contaminan.
Cuando ves a la persona amada y sientes que no eres correspondido, pero en esa cara empiezas a distinguir como una pequeña sonrisa se dirige hacia ti, prueba a llorar en ese momento. Porque lo harás de alegría.
O cuando andas solo y perdido, y el mundo te parece más grande y raro, una sonrisa en ese momento, que te proporciona ayuda, hace que todo sea humano, más fácil, menos triste.
Porque el poder de la sonrisa es enorme, porque nunca sabes quien puede necesitar de tu sonrisa, para hacerla suya, utilizarla cuando más la necesite. Porque son los pequeños detalles los que te inspiran felicidad.
Un día dediqué la mañana a realizar trámites y papeleos en los típicos lugares tristes y frios en forma de oficinas, en los que crees que nadie tiene sentimientos, simplemente son robots que se dedican a su trabajo y lo que tu puedas necesitar, les importa bien poco. Pues bien, ese día uno de esos robots que trabajaban en esa oficina tenía un día negro, de esos que preferimos olvidar. Sus motivos los desconozco. Solo sé que mientras realizaba su trabajo, delante de mi, se le derramaban lagrimones como piedras, que caian lentamente mientras él se sumía en un profundo silencio. No sabía como reaccionar, pregunté si estaba bien, y la respuesta que obtuve fue un movimiento de cabeza poco claro, aun no sé si era un asentimiento o no.
Ante tal respuesta, solo me quedaba una cosa por hacer. Sonreir. Cada vez que el hombre se dirigía a mi, para pedirme tal o cual papel, se lo entregaba con una sonrisa. Primero fueron tímidas, yo cohibida porque no sabría cual sería su reacción, y después mas amplias, según se iba normalizando la situación.
El hombre dejó de llorar, incluso bromeó. Y sonrió ante su propia broma, y ante mi risa.
Al marcharme me dio las gracias, con una sonrisa. Una gran sonrisa. Y desde ese día he sabido que en ocasiones, una sonrisa vale mas que mil palabras.
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